Una mirada a la integración cultural de los pueblos
Por C.R.Luismël
Artículo publicado en redes sociales el 12 de octubre del 2019 y revisado el 12 de octubre del 2025
Cada 12 de octubre se conmemora el descubrimiento de América por Cristóbal Colón y sus tres carabelas. Más allá de las controversias, este evento marcó el inicio de un proceso histórico trascendental: el encuentro —y posterior fusión— de dos mundos que hoy conforman una cultura extendida por todo el planeta, con una identidad única, visible no solo en los rasgos físicos de sus descendientes, sino también en su arte, arquitectura, lenguas, gastronomía, economías y modos de vida.
Cada región del continente americano tiene su propio relato y evolución. En Sudamérica, por ejemplo, las civilizaciones originarias —como la quechua e inca— poseían un alto grado de organización y desarrollo. El contacto con los recién llegados dio paso a una fusión compleja pero también enriquecedora, que permitió la asimilación mutua y la creación de nuevas formas de vida, pensamiento y expresión.
El ser humano, desde siempre, ha tenido el impulso de ir más allá — Plus Ultra, decían los antiguos.
Ese espíritu de exploración y conquista ha acompañado a la humanidad desde sus orígenes y continúa hoy, incluso en la carrera hacia el espacio. Los mismos pueblos que llegaron a América fueron a su vez conquistados en otros tiempos; la historia humana entera es un ciclo constante de encuentros, choques, intercambios y aprendizajes.
En lo personal, creo que la tendencia natural de la humanidad será, a largo plazo, la fusión total.
Un proceso complejo, sí, pero inevitable: las culturas tienden a mezclarse, influenciarse y complementarse. Incluso quienes hoy viven apartados de esa mezcla participan de ella, aunque sea de manera indirecta: cuando en Europa se disfruta un chocolate americano, o en América se exprime un limón traído de Asia. Sin el descubrimiento de América, no existirían el ceviche, el pisco sour ni las papas a la francesa. Sería un mundo difícil de imaginar.
Por eso me resulta curioso leer hoy tantas quejas en torno al 12 de octubre, centradas exclusivamente en los aspectos negativos de la conquista —que, sin duda, los hubo y muchos— pero olvidando que, en la mayoría de los casos, somos descendientes de ambos lados. Es paradójico ver a alguien repudiar con resentimiento una parte de su historia… cuando esa misma historia corre por su sangre. Sería como si un español moderno odiara a los italianos por las conquistas romanas de hace dos mil años.
No se trata de negar los abusos, sino de aprender de ellos sin dejar que nos definan. De mirar el pasado con conciencia, no con culpa. De celebrar lo que nació de la mezcla, no lo que se perdió en el choque.
Me emociona, por ejemplo, ver en lugares como San Agustín, Florida —la ciudad más antigua de los Estados Unidos— cómo se recuerda la historia con respeto: las murallas del Castillo de San Marcos retumban con cañonazos simbólicos, y al final del acto se escucha un “¡Viva España!” que no es nostalgia imperial, sino reconocimiento de origen.
En esos momentos, uno entiende que provenimos de una historia que fue imperio, virreinato, resistencia y fusión. Que en esas páginas están nativos, criollos y foráneos, conviviendo, adaptándose y transformándose unos a otros.
Que viva el 12 de octubre.
Que viva la integración pacífica de la humanidad.
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Luismël Crosby
Publicado originalmente el 12 de octubre de 2019







