Ayer, 27 de junio, viajé al pasado.
Por unas horas regresé aproximadamente al año 400 de nuestra era y caminé entre los Lima, pueblo antecesor de los Ichsma, en el mismo lugar donde hace más de mil quinientos años levantaron una de las ciudades ceremoniales más importantes de la costa central del Perú.
Encontré una sociedad mucho más compleja de lo que solemos imaginar: arquitectos del adobe, maestros del algodón y de la lana, ceramistas, orfebres, músicos, pescadores y navegantes. Un pueblo con organización política y religiosa, con símbolos, con deidades, con una cosmovisión propia y con un extraordinario dominio de las artes.
Hasta el tiburón, rey del mar que les daba sustento, ocupaba un lugar especial en su universo espiritual y ceremonial.
Mis respetos a las instituciones que preservan la Huaca Pucllana, en Miraflores, Lima, Perú. Gracias por mantener vivo un legado que pertenece a todos. Y un reconocimiento muy especial a los guías multilingües; especialmente a Miguel, quien hizo posible este viaje a través del tiempo.
Confieso que siento una profunda fascinación por el pasado. Quizá porque, a veces, el presente parece empeñado en olvidar todo aquello que alguna vez nos hizo verdaderamente humanos.
Mientras en otras regiones del mundo muchas civilizaciones escribían su historia a través de guerras y conquistas, aquí también florecía otra forma de grandeza: la de quienes construían, tejían, modelaban el barro, navegaban el océano y levantaban templos que aún hoy desafían al tiempo.
Gracias, Lima. Gracias, Ichsma.
Gracias por las huellas de sus manos que todavía permanecen impresas en los adobes.
Gracias por los tejidos cuyos colores aún sobreviven después de quince siglos.
Gracias por las vasijas que todavía nos obligan a preguntarnos qué significaban sus símbolos, cómo pronunciaban sus palabras y cómo sonaban sus cantos.
Porque una civilización capaz de construir monumentos, crear instrumentos musicales, desarrollar complejos textiles, fabricar delicadas piezas de orfebrería y dejar una arquitectura que todavía admiramos estaba muy lejos de ser salvaje.
Había conocimiento.
Había orden.
Había belleza.
Si esos muros de adobe pudieran hablar…
CRLuismël
Lima, Perú
2026 — Mil seiscientos años después.








